El ego siempre ha creído que su ilusoria existencia es el centro y objeto de nuestra vida. La palabra ego tiene su origen en el latín y significa “yo”. Aunque necesitamos el “yo” para desenvolvernos en el mundo, podemos verlo como un medio y no como un fin en sí mismo. Para trascender la identificación con el “yo” hay que empezar a observarlo desde una actitud ecuánime, sin prejuicios ni idealizaciones. Una forma de salirnos de la identificación con el ego es dejando de personalizar nuestros actos. Esto quiere decir que en lugar de fijarnos en el “yo” como el protagonista de una acción más bien nos enfoquemos en el proceso. Ejemplo de ello es que cuando estemos caminando, en lugar de pensar “yo camino”, nos demos cuenta de que no hay un “yo” que camina, lo único que hay es el caminar.
Práctica. El día de hoy despersonalizaré mis actos: cuando esté comiendo diré: “No hay un yo que come, sino el acto de comer”; cuando esté caminando: “No hay un yo que camina sino el acto de caminar”; y así sucesivamente con cada actividad que realice. De esta manera soltaré mi sentido del yo y despertaré a mi unidad con el todo.
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